La caligrafía era indudablemente la de su discípulo, esos trazos firmes, la forma ampulosa de la s y la rubrica final, todo indicaba que Thryer Unvar Alâtharor había estampado su marca en la hoja de la espada, aparte era el único que podía forjar el alâth.
-Maia nesen...
(-Hijo mío...)
Setheus miro nuevamente la espada y la blandió con fuerza asestando feroces tajos al aire. La hoja silbo con ira, la misma ira que alentaba el corazón del Primogénito.
-Wenthe ilha sere ila even is loper erenthiz wu jine tiente-espeto con furia
(-La venganza será MIA aunque toda esperanza se haya extinguido.)
Entro al Santuario en donde reposaban los Lûvirez Alâtharil, los Demonios del Acero, los despertaría y con ellos vengaría la muerte de su discípulo mas amado, haría desaparecer a los invasores, los haría conocer el poder de un Vástago de Ann.
-Lûvirez lomaen esvira!
-(Lûvirez, !despierten!)
Entonces los 7 Demonios del Acero despertaron, en sus ojos refulgía la ira y la sed de sangre, cubiertos de noche, plata y locura empuñaron las armas para ellos forjadas, el Centelleante tomo su gran martillo, Annmerthor, el alâth cubrió su gigantesca figura como un manto uniéndose como una segunda piel y lo lleno de una electrizante energía.
Un clamor se oyó a los lejos, el estampido de un trueno resonó en la bóveda del cielo presagiando tormenta. Setheus pensó que la tormenta era necesaria, una tormenta de fuego, sangra y acero que caería sobre los asesinos, nada los salvaría de su ira.
Al salir comenzó a llover, a lo lejos los vio llegar, allí venían a beber el cáliz de su propia perdición, llena de hiel, la beberán hasta las heces y sabrán que Setheus Omentûre Nuawondë es el Primogénito.
Empuño su martillo, los Demonios rugieron de éxtasis al verlos llegar y elevaron un pavoroso grito de guerra.
La Guerra del Fin había empezado.
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