martes 2 de diciembre de 2008

La Cruz

Nunca tuve la certeza de nuestra misión. Nada de lo que pensé en ese momento
despertó mi desconfianza, sobre todo cuando me dijeron lo que me pagarían.
Pensaba en la cruz. Maldigo la hora en la que acepté ser guía de esa
caravana de fanáticos pero la oferta de la paga era más que tentadora.

Era irresistible.

Obviamente irresistible ya que nuestro destino final era Alzahannael, la
Ciudad Olvidada por Dios...

Éramos 12 personas las que viajábamos, 5 guardias, 2 sacerdotes, 4 ayudantes
fornidos y yo. Conseguimos una yunta de 8 bueyes y una carreta sólida y
luego de ultimar los últimos detalles nos dispusimos a pasar nuestra última
noche en la tierra.

Partimos cuando despuntaba el día. Era un día sin sol, sin embargo una
mortecina iridiscencia bañaba a las tierras cercanas.

- El sol nos freirá como ratas más tarde – sentencié entre dientes.

Cargaron la cruz en la carreta y partimos con la venia de Dios.

Caminamos durante todo el día bajo un ardiente sol. Cada rayo era como un
chorro de plomo derretido que abrasaba nuestras osamentas. Los sacerdotes
soportaban estoicamente el calor mas no así lo hacían los soldados pues el
sudor corría a raudales por su frente.

Cuando el asesino menguó en su intento de freírnos nos detuvimos cerca de
unos olmos que crecían apiñadamente y ofrecían sombra y protección.
Acampamos allí y en pocos minutos comíamos sobriamente. Nadie hablaba con
nadie por lo que la situación era incómoda, por lo menos para mí lo era.

Decidido a romper ese silencio me acerqué a uno de los sacerdotes y le
pregunté:

- ¿Para qué vamos a la Ciudad Olvidada?

- No lo sabemos, cuando lleguemos nos dirán.

- Pero si a esa ciudad no va nadie hace más de 100 años.

- Esa ciudad es más de lo que usted supone. Aparte a usted no le interesa a
donde vamos mientras su jornal sea pagado- me contestó con altanería.

- Creo tener el derecho ya que mi vida puede estar en peligro. Si no lo sabe
esa ciudad no debe su nombre a la imaginería popular. Es una ciudad rara.

Me miró con desdén y me dijo:

Su vida no está en peligro y lo que la gente diga no es verdad. Ahora si es
tan amable me retiraré a descansar, mañana promete ser igual que el día de
hoy.

Se incorporó y se dirigió al lugar en donde el otro sacerdote descansaba.



Hice lo mismo e intenté dormir pero me resultó imposible así que me levanté
y vi. que uno de los soldados se había quedado haciendo guardia. Me acerqué y
le ofrecí un poco de vino mientras le preguntaba sobre la cruz.

- A nosotros nos ordenaron defenderla, no nos explicaron por qué. Sólo nos
dijeron que no debíamos tocarla bajo ningún concepto.

- Pero Ustedes saben a donde nos dirigimos

- Así es.

- ¿Y no sientes ningún tipo de temor?

- En absoluto. Sabemos que lo que se dice no es verdad. Es... otra cosa...

Entonces se calló, como si hubiese dicho algo indebido.

Pero yo insistí.

- ¿Qué es esa otra cosa?- le pregunté mientras llenaba de nuevo su vaso.

- Realmente éste es un vino delicioso. Muchas gracias pero tengo que hacer
guardia. Vaya a descansar.

- ¿Pero qué es esa otra cosa?

Suspiró hondamente y me contestó en voz baja, casi en un susurro.

- Mire, lo que le voy a decir es secreto. La cruz que llevamos no es una
cruz ordinaria como usted podrá haber advertido y no me refiero solamente al
material del cual está hecha. Entre los guardias se esparció el rumor de que
la cruz es antigua, muy antigua, de que estuvo guardada durante cientos de
años esperando el momento para ser utilizada para la Segunda Caída...

- ¿Pero qué tiene que ver con la ciudad?- lo interrumpí.

- Mucho pues la Segunda Caída tendrá lugar en Alzahannael. Ahora váyase pues
lo que le dije puede costarle la vida a mis padres. Váyase.

Me incorporé y me fui a mi jergón. Me acosté y traté de ordenar mi mente y
las teorías que se me ocurrían.

Lo que el soldado me había contado no era totalmente nuevo para mí. La
Segunda Caída era un viejo argumento utilizado por la Iglesia para asustar a
los creyentes. A mí la religión nunca me alimentó así que no le daba mucha
atención. Según la Iglesia la Segunda Caída sería la señal de que los
tiempos se habían acabado y que el Juicio comenzaría. Pensé en lo tonto del
método y la enseñanza ya que creo que es mejor obrar en consecuencia del
mensaje que uno promueve a simplemente amenazar con castigos eternos.

Lo único que me molestaba era la cruz.

Esa noche nada raro pasó.

La noche pasó sin sobresaltos un nuevo día se elevó gloriosamente sobre las
tierras desoladas inundándolas con luz.

Un hermoso amanecer de una noche que no tendría fin.

Rápidamente preparamos los bultos y partimos luego de haber comido algo.

Ese día el sol no fue tan despiadado por lo que pudimos viajar un poco más
cómodos. Sin embargo no era el sol el que me preocupaba.

El sol se ocultó y un velo carmesí bañó el horizonte. A lo lejos se
adivinaban las emanaciones de las solitarias y danzantes sombras de polvo,
los fantasmas del desierto que nacieron para ser macabros. Tanta soledad,
tanto espacio para llenar y tan poco con el cual hacerlo.

Un mar de arena, polvo, piedra y soledad.

Y nosotros éramos los náufragos de la locura en busca del infinito.

Entonces vimos la ciudad de Alzahannael perdida en medio de la nada.

Roja como sangre.

Insana.

Maldita, mil veces maldita.

En ese momento no adivinaba lo que nos esperaba. Sólo quería llegar, que
hagan lo que tengan que hacer y partir lo más rápido posible.

Llegamos a las puertas de la ciudad y quedé obnubilado ante los
bajorrelieves que las adornaban, figuras que pertenecían a épocas anteriores
a la aparición del sol, cuando los demonios reinaban en la tierra.

¿Qué otra cosa más podría representar el magnífico y pavoroso bestiario que
se desplegaba ante mis ojos? Cornucopia de lo blasfemo y monstruoso, el
panel mostraba faunos cubiertos de zafiros y cuernos de oro copulando con
manticoras de dientes negros y mirada torva, tigres con escamas de pescado y
melena plateada que devoraban los pechos de mujeres sin ojos que se
encontraban arrodilladas y desnudas, iblis de fuego y carbón, demonios con
los ojos cosidos con hebras de lava, serpientes aladas que se enroscaban en
árboles que caminaban y vomitaban niños sin piel, ifrits de gigantescas alas
con las cuales abatían ciudades enteras, dragones de siete cabezas y diez
cuernos, deformes, cada una coronada con una tiara de jade y lapislázuli que
lloraban lágrimas de azufre y se levantaban imponentes sobre multitudes, las
multitudes de locuras que contemplaba y para las cuales no existe idioma
para nombrarlas, multitudes que esperaban por La Redención...

6 fueron los dragones que conté.

Todos imponentes, poderosos y sin piedad. Sus arpas aplastaban y desgarraban
a quien osase levantarse contra ellos. Una de ellas tenía sus fauces
abiertas y de ellas espadas y serpientes escapaban, otro despedía fuego
líquido de sus narices, otro barría con su cola la tercera parte de las
estrellas y las precipitaba a un lago de hielo y azufre ardiente, otro
sonreía sardónicamente y mostraba sus dientes chorreantes de sangre.

Uno de los sacerdotes se me acercó y prácticamente me arrastró mientras me
decía:

- Locos, incrédulos ahora verán quien reina sobre la tierra.

- ¡El Demonio... no tengo dudas que el Demonio!

- ¡Así es en efecto pero le queda muy poco tiempo!

No sé porqué motivos mi voluntad se encontraba anulada. Me sentía empujado
por una fuerza superior a continuar. Quería escapar y al mismo tiempo
deseaba ardientemente quedarme y ser parte de ese acto de locura.

Atravesamos la ciudad desierta, desierta de cordura y ángeles, pero poblada
de seres demenciales, invisibles a nuestros ojos más no por eso irreales.
Ellos eran más reales que la luz del sol que creía que no volvería a ver
jamás.

Llegamos al fin de nuestro camino y vimos una pequeña elevación a la cual
nos dirigimos sin dudar. Allí bajamos la cruz y finalmente pude contemplarla
en todo su esplendor.

Era negra y brillante, de unos 6 o 7 metros de alto y a pesar de ser grande
era increíblemente liviana. En su superficie se veían unas líneas que
formaban intrincadas tramas, como una especie de laberinto, y en el extremo
superior unas letras en un idioma desconocido pero que quedaron grabadas en
mi mente a fuego cuando los once hombres, ahora vestidos de negro,
repitieron a coro:

- Erin velinty angalo ë tuys elenderille, val ANN erin velinty, val Annth
elha surinme wilha ilha, iwilha ilha ANNI.

Con un gran esfuerzo la levantamos y la plantamos en el suelo. Nos retiramos
asustados y casi al borde del abismo de la locura nos arrodillamos y rezamos
a la luz de los relámpagos. Miré a los cielos y vi cuatro cabalgaduras que
se precipitaban a la tierra seguidas por el Ejército De La Devastación.

Y aconteció que los 4 Jinetes del Apocalipsis se arrojaron contra la cruz y
desaparecieron. Entonces se produjo un gran terremoto y una nube de lenmias
se elevó envuelto en llamas rojas y azules.

Y vi como de en medio de las llamas un ser se elevó por los aires y se
dirigió a la cruz. Rodeado por una oscuridad profunda se detuvo y una
espeluznante blasfemia se escapó de sus labios. Sobrecogidos de terror nos
apiñamos mientras los sacerdotes aullaban:

¡Es El, es El! ¡Ha venido para desafiarte!

Entonces el ser envolvió con su oscuridad a la cruz y fueron uno. Se produjo
una explosión y un haz de enceguecedora luz nos cubrió.

Cuando pude abrir mis ojos vi algo que me negaba a creer.

En la cruz agonizaba el Demonio...

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